Llega la noche, y todo cambia. Todo iba bien, quizá un poco caótica la organización, cuando en casa ya tienes la rutina, el espacio tan milimetrado, pero bueno, bien. Hasta que llega la hora de dormir. Es cuando echas de menos tu casa, tu lecho. Bea lo nota. Yo lo noto. Entonces las horas pasan lentas, muy lentas, y por primera vez en mucho tiempo deseas que llegue la hora de levantarse, mientras sigues acunando a la peque moviéndola el culito, dos horas antes has decidido meterla en tu cama como excepción, intentando que alguien al menos pueda dormir, e intentando que se relaje de una maldita vez, que te deje espacio para moverte; y sigues mirando de reojo el maldito reloj. Parece que ya se queda quieta. Sí, por fin se ha dormido. Pero justo cuando consigues empezar a dormirte, otra vez empieza a moverse, frenéticamente además. Despierta también a su tía, una vez más... Notas un tirón en el cuello de la postura forzada, un cabezazo en la nariz, al minuto un pie en la boca. El tete, ¿dónde está el tete? Me va a echar de la cama. Acabo a los pies de la cama, acurrucada, dejándola a ella todo el espacio, pero a la vez en vela, por si se cae o se da con la estanteria. Y sólo ha pasado otra media hora. Y suena el móvil. Tu llamada perdida. Entonces sonrío, Bea sonríe. Yo pienso en ti. En que ni siquiera siento rabia o tristeza. Sólo parece un día, perdón, una noche rara. Mañana será como siempre. Te dices que no, que serán más noches "raras". Y sigues sin hacerte a la idea... Qué llegue ya la mañana, por favor.